Señor, Señor, hace ya tiempo, un día
soñé un amor como jamás pudiera
soñarlo nadie, algún amor que fuera
la vida toda, toda la poesía.
Y pasaba el invierno y no venía
y pasaba también la primavera,
y el verano de nuevo persistía,
y el otoño ma hallaba con mi espera.
Señor, Señor: mi espalda está desnuda:
¡Haz restallar allí, con mano ruda,