No hallaron del sol ardiente
No hallaron del sol ardiente
Los reflejos encendidos
Más color que los que admira,
En la mitad del camino,
Sobre su bayo alborado,
Con los ojos peregrinos,
El halcón puesto en el puño
Y el corazón encogido,
El discreto caballero,
Cuando quedó sorprendido
De tanto silencio hermoso,
Oscuro y lleno de brillos,
Que brillan al sol y viven
Dos ojos con fuego esquivo,
Que, temerosos del joven,
Más quisieran no ser vistos.
Su labio carnoso
La rosa ofrece,
Muestra su hermosura
Y languidece.
No puede ser que un milagro
Le muestre, con la mañana,
Dos auroras repetidas
En una tímida llama,
Que arde más que los colores
Que presenta la alborada
En los ojos de una niña
Que en el vestir es serrana,
En la belleza señora,
Y, en la pureza del alma,
Doncella como en la corte
Lo solían ser las damas,
Que, sin tener azabache
Que les llene la mirada,
Cuando miran, son sus ojos
Corrientes de frescas aguas.
Su labio carnoso
La rosa ofrece,
Muestra su hermosura
Y languidece.
Mas el sueña o, lo más cierto,
Allí está, junto a un castaño,
Sus pies hermosos desnudos,
Pisando el suelo, descalzos,
Hermosos como la plata,
Pero manchados del barro,
Del polvo y la tierra seca,
Que la quiere así el verano,
Y lo mira, temerosa,
Y, temorosa, sus labios
No pronuncian ni palabra,
Que todo discurso e vano,
Cuando un hombre y una niña
De este modo han encontrado,
Ella, el temor en su pecho;
Él, un amor no esperado.
Su labio carnoso
La rosa ofrece,
Muestra su hermosura
Y languidece.
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