Pincelada de mi vida
del año sesenta y tres,
de un hombre cabal y fuerte
y de una hermosa mujer.
Fui creciendo con cariño
con mi hermana y un bebé,
a quien llamamos Juanito
y a quien más tarde cuidé.
Cumplidos los nueve años,
mi cuarteto familiar
se rompió en mil pedazos
al faltar la medular.
Pues se marchó tras el alba
después de tanto luchar,
un espléndido ser humano
a quien llamamos papá.
Si hubiera sido yo 'noble',
las notas de sociedad
reflejarían muy claro
que mi alma ya no está.
Pues partió con ese alba
tras quien tanto supo amar,
sin comprender -por los años-
esa cruda realidad.
Y lloré por mi alma perdida
en los años de internado,
sin otro consuelo a mano
que el cuidar de ese hermano.
Que al tener tan corta edad
se aferraba a mi mano,
buscando seguridad
y el cariño necesario.
Y en este punto diré
que si mucho amor le dí,
de él también recibí
consuelo para mis males.
Que al faltarme a mí el alma
que partió tras nuestro padre,
compartí con él la suya
que la tiene noble y grande.
Y siguió su curso la vida
sin que el tiempo mitigara,
ese dolor profundo
que mi pecho anidara.
Recorriendo el camino
que la vida me ha dispuesto,
buscándole algún sentido
a estar vivo o, estar muerto.
Pues voy en pos de ese alma
que perdiera en mi niñez,
que guarda con celo mi padre
hasta que valla con él.

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